
¡Hola a todos los corredores que me leen hoy!
El fin de semana tuve el placer de estar en Monterrey en el Maratón Powerade 2019, presentando El Diario del Corredor. Estando en la Expo tuve la oportunidad de compartir con miles de corredores que participarían en esta edición del maratón. No sabría cómo resumir la experiencia, pero en tres palabras fue bonita, inspiradora y cansada. Cada día que pasa puedo entender a más corredores y sus motivaciones para correr. Como escribí en el poema final de LLEGA A LA META
Y aunque dure solo un instante,
cada vez que tengas este diario
entre tus manos
o vayas simplemente corriendo por ahí,
Tú y yo, siempre tendremos algo que nos una.
La pasión por llegar a la meta.
Este fin de semana lo sentí más que nunca.
El domingo que fue el maratón, por increíble que parezca, me encontré nuevamente a los corredores que llegaron el día sábado al stand de la Expo. No solo fue emocionante, fue raro… primero llegaron a la entrega de paquetes por su kit de participación a recoger el número que portarían durante 42 kilómetros y 195 metros vistiendo en su mayoría jeans, camisas y ropa casual y verlos el domingo modo sport con el número prendido a sus playeras de competencia, verlos sudar, sufrir y ser felices fue un cambio súper radical. Creo que ahora entiendo la impresión de la gente cuando me ve sin mis tenis.
Vivir una competencia desde las gradas (o desde las banquetas como en este caso) normalmente te obliga a querer estar compitiendo, al menos así me pasa siempre que voy a la pista a ver una competencia y no me toca competir. Esta vez fue distinto, estuve la mayor parte del tiempo en el kilometro 41 esperando pasar a los corredores en la última subida antes de entrar al Parque Fundidora para cruzar la meta, gritándole a cada corredor que veía que ya se había acabado la agonía, que ya habían llegado, que no se detuvieran en la última subida, que era la última… que ya habían corrido 41.5km, que ya lo tenían, que cerraran, que eran unos chingones, a algunos les llamaba por su nombre ya que traían una playera que los identificara o pertenecían al grupo de corredores que se inscribieron a tiempo para tener un número de competencia personalizado. Sentí que de verdad les motivaba escucharme o verme gritarles, algunos me reconocieron.
No lo decían, pero sonreían, o apretaban el paso un poquito más, los que se habían detenido a caminar dos pasitos volvían a correr tras escucharme. Yo aún no he corrido un maratón, pero entendía perfectamente lo que sentían. Cuando el reloj se acercaba a las 10:30AM, vi venir a Paris, un corredor que se acercó a mí el día anterior para adquirir su libro… Desde el sábado que lo conocí me alegró mucho verlo, porque ya habíamos tenido la oportunidad de compartir algunas palabras por redes sociales antes. Ya conocía El Diario del Corredor y fue por él.
Cuando vi que venía terminando su maratón, no sabía si sonreír o llorar (no recuerdo cual de las dos cosas hice) pero quería sacar el celular y tomarle fotos (porque a los corredores nos encantan las fotos en las competencias) pero no pude, estaba paralizada… entonces empecé a gritar eufóricamente ¡Bien Paris!, ¡ya lo lograste!… y empecé a correr con mi mochila a su lado, y lo empujé en los últimos metros de la subida; un par de horas después, supe que Paris había conseguido un RP (Récord Personal) cronometrando 3 horas y 30 minutos.
Su logro no tiene nada que ver conmigo, por lo poco que pudimos platicar, sé que ha estado entrenando y preparándose para conseguirlo, sin embargo, no pude evitar sentirme parte de esos 42.195km donde estoy segura que no olvidará que alguien lo empujo a 600 metros de la meta. Vinieron muchos otros corredores después. Choqué las manos con varios preguntándome qué pensaban en ese momento, regalándoles sonrisas, palabras de motivación y muchos gritos.
Decidí ir a la meta, a ver a todos los corredores que llegaban con un sub 4. Nada puede explicar mejor lo que un maratonista siente, hasta que miras a los ojos de aquellos que cruzan la meta. Algunos levantan los brazos en señal de victoria, otros caminan a con sus familias o seres queridos, otros lloran… Deben caminar alrededor de 500 metros para recoger su medalla; algunos van solos con la cabeza cabizbaja pensando en lo que acababa de suceder, con la sonrisa escondida y con las piernas destrozadas, algunos empapados en sudor y en agua de todos los puestos de hidratación, con los tenis ensangrentados y los pies llenos de ampollas, otros increíblemente trotan hacia las medallas.
Hay unos corredores que se quedan en el arco de meta esperando a alguien que dejaron en la ruta y aplauden a los otros que llegan. Dicen que el running nos iguala a todos, que es el único deporte donde puedes ganar aunque llegues en último lugar, solo ganándole a la ambulancia o la patrulla que te acompaña… porque corres por ti y contra ti, contra el tiempo, contra los miedos. Cada maratonista tiene su propia historia y verlos cruzar la meta y lograrlo, es una experiencia indudablemente increíble.
La caminata de los maratonistas terminaba en Cintermex (lugar sede de la expo Maratón) donde se encontraban la mayoría de los corredores con sus familiares o amigos. Se sentía como si el final de la guerra hubiera llegado y todos fuéramos vencedores. No había bandos enemigos ni soldados caídos. Caminé y vi a cada uno de ellos disfrutar su gloria.
Cientos de corredores descalzos, tirados en el suelo, sin poder caminar, comiendo lo que tenían por ahí, sudados, cansados, destruidos, pero con su medalla colgando su cuello vistiendo una chamarrita con la palabra FINISHER grabada, con el rostro sonrojado por el esfuerzo y por el sol, pero con una sonrisa que no podría explicarles.
En el mismo lugar, conocí a tres mujeres, una madre con sus hijas. Les pregunté si habían corrido porque me pidieron una foto y dijeron que querían empezar a correr por su papá, quien falleció antes de poder participar en el Maratón de Monterrey… mi piel se puso chinita. Había escuchado sobre personas que corrían en memoria de alguien, pero nunca conocí a nadie que lo hiciera. Recuerdo que la playera que llevaban decía MORÍN (el apellido de su padre) así que el próximo año espero estar nuevamente ahí, viéndolas lograrlo.
Durante todo el viaje, me acompaño Maricarmen, la diseñadora y artista del libro… quién pudo plasmar en colores y diseños lo que El Diario del Corredor finalmente es. Maricarmen no es corredora, y durante los últimos meses he tratado de explicarle todo lo que el mundo del running significa, no tengo ninguna duda de que lo entendió y de que a raíz de este viaje emprenderá su camino a las carreras. Es súper bonito ver la metamorfosis de un corredor, pero sobretodo la de un no corredor a corredor.
Cada día que pasa siento que mi propósito es que el libro de LLEGA A LA META sea parte de la historia que cada corredor cuenta. Los domingos que solían ser de ir a la Iglesia, ahora son de ir a las carreras… estoy segura de que cuando corremos, logramos la mejor conexión con nosotros mismos y con nuestras pasiones o creencias. Bravo por eso. Aún no corro un maratón, pero diré que debuté ayer con 9,000 corredores más. Hice mi primer maratón y aunque fue desde la banqueta, fue puro corazón. Cuando pierdas la fe en la humanidad, ve a ver un maratón… te vas a sorprender. Si ya lo lograste o quieres lograrlo algún día, me encantaría compartirlo contigo y acompañarte en tu camino a la meta.
Cuéntame, ¿cómo viviste tu primera carrera?